Este domingo celebramos la Solemnidad de Pentecostés. Esta celebración era una fiesta agrícola porque era cuando se recogían la primara cosecha desde que comenzaba la primavera. Luego, con el Éxodo de los hebreos de Egipto, pasó a ser la fiesta de Shavous, es decir, de las Semanas cuando Israel recibió el Decálogo en el Sinaí. Dios escribió con su dedo, es decir, con el Espíritu Santo las Diez Palabras.
Estas Diez Palabras fueron escritas por el Espíritu Santo para que sirvan de instrucción para todo el que las cumpla llegue a ser hijo de Dios. Nosotros, como habíamos sido afectados por el pecado original eramos incapaces de cumplirla. Por lo tanto, no podíamos llegar a ser hijos de Dios porque nuestra naturaleza herida no podía. Todo lo contrario. Llegó a tal estado que la Ley, este código, nos condenaba. El Decálogo era nuestro código genético pero el pecado nos sometió a un desorden tal que este Código nos acusaba. San Pablo dice: "El aguijón de la muerte es el pecado y la fuerza del pecado está en la Ley. Mas nosotros vencemos en Jesucristo resucitado" (1 Cor 00). Ese código que ha sido modificado ha alterado la santidad y justicia original en nosotros.
Yo comparo al pecado como si fuera el paso de un huracán, como un terremoto, un sunami, un volcán. Cuando acontece algún fenómeno de estos deja todo debastado. Entonces hay que buscar a alguien que se encargue de reparar los daños que hay.
Eso mismo pasó con la humanidad. Ha ocurrido un gran daño y hay que repararlo. Dios ha mandado a su Hijo para reparar la descomunión que se creó entre Dios y el hombre. Eso vino a hacer Jesucristo. Asumió la condición humana y la ha introducido en la vida íntima de Dios. Jesucristo ha hecho que el hombre se reconcilie con Dios y entre en comunión.
Por eso el domingo pasado veíamos Jesús llevando en su persona nuestra humanidad. La estaba uniendo a Dios. Por eso, unidos a Cristo podemos tener la vida divina dentro de nosotros.
Jesús nos ha conectado al Padre como si fuera una planta generadora de electricidad. No podíamos funcionar porque no estábamos unidos al Padre. Así como los electrodomésticos no funcionan sin energía tampoco nosotros. Nuestra vida funciona unida a Cristo. El matrimonio, los hijos, el trabajo, las relaciones con el otro funciona pero unido todo esto a Jesucristo. Hoy estamos pidiendo a Dios esto. Estamos pidiendo el Espíritu Santo para que sea maestro de vida interior. El Espíritu Santo es Señor y Dador de vida. Es el Consolador, el que nos lleva a la verdad plena, el que nos instruye.
No solo hemos recibido el Decálogo. También hemos recibido el Espíritu que ha escrito el Decálogo. Hemos recibido y esperamos que nos potencian para poder enfrentar las realidades que viviremos en este año. Que este Espíritu nos haga clamar Abbá para la manifestación gloriosa de los hijos de Dios al mundo, a los hombres y a la creación.
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