CAPÍTULO 7: EL DÍA EN QUE EL PALACIO SE MUDÓ AL PASILLO
El Encuentro de las Armaduras
Transcurría una mañana vulgar y cotidiana en el Hospital Dr. Darío Contreras, ese coloso de hormigón que a la sazón sobrevivía entre la estrechez del hacinamiento y la pátina gloriosa de sus años fundacionales. Recorría yo las galerías portando mi atuendo habitual; en aquel universo dominado por las batas impolutas y los uniformes del personal sanitario, el traje y la corbata constituían mi coraza castellana como director de Relaciones Públicas. A menudo, la grey que aguardaba en los pasillos me confundía con el mismísimo Director de la institución, movida únicamente por la sobriedad de mi vestimenta.
A lo lejos, en la penumbra del corredor, vi despuntar una silueta. Portaba también chaqueta. Avanzaba con una firmeza que cortaba el aire denso y enrarecido de las urgencias. Mi mente, adiestrada en los rigores de la etiqueta, coligió de inmediato: «Un visitador médico». Sin embargo, a medida que la distancia entre ambos se acortaba, las facciones del rostro se tornaron inconfundibles. Un escalofrío rutilante recorrió mi anatomía. No se trataba de un mercader de fármacos. Era el Presidente de la República.
Danilo Medina cruzó su mirada con la mía. En medio de aquel océano de uniformes clínicos, nuestras chaquetas se reconocieron como dos insignias de autoridad. Me aproximé con la reverencia que exige la altísima investidura de la Nación.
— «Mi saludo y mi mayor respeto, Señor Presidente», enuncié, procurando velar la zozobra de mi asombro.
El mandatario dispensó los formalismos. Se aproximó a mi posición y pronunció una sentencia que me descolocó por entero:
— «Lléveme al baño».
En aquel preciso instante, mi entendimiento urdió las más diversas hipótesis. Supuse que se trataba de un apuro fisiológico perentorio; que la comitiva real había sufrido un percance en la avenida y el hospital representaba el baluarte más cercano. Mi celo de custodia institucional se pertrechó al instante: «Debo conducirlo sin dilatación al aseo privado de la Dirección, el único que conserva decoro y dignidad».
La Artimaña del Protocolo
Eché a andar con presteza. El Presidente imponía un ritmo de marcha ágil que obligaba a acelerar el paso. Lo guie resueltamente hacia las dependencias administrativas, buscando la protección de las oficinas principales, lejos de la decadencia visible en las áreas comunes de un sanatorio con medio siglo a sus espaldas. Mas el Presidente no era hombre a quien pudiese burlarse con itinerarios de compromiso.
Al advertir que lo conducía hacia el sosiego de los despachos formales, se plantó sobre el enlosado y me detuvo en seco con una severidad que no admitía réplica:
— «No, no, no... No es hacia allá. Es al baño donde acuden los pacientes».
El corazón me dio un vuelco sustancial. Conocía con pavorosa exactitud el estado de aquellos servicios: un caos absoluto, el epicentro del abandono. Mientras mi juicio cavilaba una excusa plausible para salvaguardar el prestigio del recinto, acaeció el milagro de la turbamulta.
El Rumor y la Reorganización
Las gentes sencillas, aquellas que aguardaban desde el alborear con la pesadumbre del dolor a cuestas, identificaron el rostro del Jefe de Estado. El murmullo contenido se mutó en un clamor soterrado: «¡Es Danilo! ¡El Presidente está aquí!». En cuestión de segundos, una muchedumbre lo cercó. El escolta que custodiaba sus pasos pretendió dispersar a los ciudadanos para abrir brecha, pero el mandatario lo contuvo con un ademán tajante:
— «No, déjalos», ordenó, permitiendo que las manos de los dolientes lo abordaran.
Aproveché aquellos instantes de confusión, mientras él atendía súplicas y querellas, para extraer el teléfono móvil. Era mi única baza. Marqué sin vacilar al Director.
— «¡Señor Director, el Presidente se encuentra en el recinto!».
— «¡Mañón, por amor de Dios! ¿Cómo ha de estar allí el Presidente? No consta nada en el protocolo», replicó incrédulo.
— «¡Se lo aseguro, es Danilo en persona! Se halla aquí mismo y exige inspeccionar los aseos públicos. ¡Acuda de inmediato!».
El Director, que escasos minutos antes me había anunciado su marcha al banco para subsanar un atolladero financiero del centro, se vio obligado a ejecutar una maniobra de retorno en plena vía. Regresó sofocado y extenuado, justo cuando la seguridad lograba despejar a la multitud para que el mandatario prosiguiera su inspección.
La Revelación ante la Autoridad
Ya con la máxima autoridad médica a nuestro lado, nos adentramos en las crujías de hospitalización. El Presidente avanzaba en adusto silencio, examinando las grietas de los muros, el calor sofocante y el hacinamiento extremo. Nos adentramos en el pabellón de mujeres.
Allí, una enferma yacía profundamente dormida, ajena al revuelo general. El cansancio la había vencido en mitad de la penuria de su lecho. El Presidente se detuvo junto a ella. En ese instante preciso, la mujer abrió los párpados. Aquella estampa quedó esculpida en mi memoria: la paciente, al despertar en un sanatorio que semeja una pesadilla, se topó de frente con la primera autoridad de la República. La mudanza de su rostro reveló un pasmo absoluto. Sus ojos oscilaban entre el techo desconchado y la chaqueta impecable del mandatario. Por un momento, albergó la certeza de continuar en el reino de los sueños o de haber cruzado el umbral hacia el otro mundo.
El Veredicto sobre la Vieja Estructura
Tras examinar los aseos, los pabellones donde se ejercía una auténtica «medicina de campaña» y el rostro atónito de aquella mujer, el Presidente se volvió hacia el Director. La incertidumbre había quedado disipada. Lo que se inició como un supuesto apremio personal constituía, en verdad, una autopsia institucional en toda regla.
— «Doctor, esto no puede pervivir así», sentenció con un tono de voz de mayor peso que cualquier Real Decreto. «Este hospital no admite más remiendos. Vamos a derribarlo por entero».
Aquel día, el sino del viejo Hospital Darío Contreras quedó sellado irremisiblemente. No fue en virtud de un informe técnico ni de un expediente administrativo, sino por la determinación de un Presidente que rehusó el «baño del poder» para contemplar la cruda realidad del pueblo. El vetusto edificio, con sus muros trujillistas y su historial de angustias, recibió su sentencia de muerte para ceder su lugar a la infraestructura moderna que hoy se yergue. Aquella visita intempestiva supuso el efluvio final de un coloso que no podía sostenerse un día más en pie.
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